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sábado, 19 de febrero de 2011

JULIO ESPINOSA GUERRA PUBLICA IMPORTANTE ANTOLOGÍA DE 13 POETAS JÓVENES DE ESPAÑA: "PALABRAS SOBRE PALABRAS"




Editado por el sello nacional "Ediciones Santiago Inédito", el destacado poeta y narrador chileno residente en Zaragoza, Aragón (España), Julio Espinosa Guerra ha publicado la antología PALABRAS SOBRE PALABRAS. 13 POETAS JÓVENES DE ESPAÑA .


La interesantísima muestra que incluye poetas nacidos entre los años 1970 y 1979, es toda una novedad para el público chileno que, en muchas ocasiones, valora pobremente lo que se escribe en la península ibérica, sobre todo en el ámbito de la poesía.





De esta forma, aparecen en el libro (por estricto orden alfabético):

Marta Agudo Ramírez (Madrid, 1971).

Marcos Canteli (Asturias, 1974).

Óscar Curieses (Madrid, 1972).

Benito del Pliego (Madrid, 1970).

Patricia Esteban (Madrid, 1975).

Ana Gorría (Barcelona, 1979).

Jesús Jiménez Domínguez (Zaragoza, 1970).

Luis Luna (Madrid, 1975).

Julia Piera (Madrid, 1970).

Goretti Ramírez (Tenerife, Islas Canarias, 1971).

Julio Reija (Madrid, 1977).

Sandra Santana (Madrid, 1978).

Julieta Valero (Madrid, 1971).





miércoles, 2 de febrero de 2011

DE LOS NOVÍSIMOS A LA POESÍA DE LOS NOVENTA POR JULIA BARELLA






En la editorial de Carlos Barral, en la Barcelona de 1970 se publica la polémica y caprichosa antología de Nueve novísimos poetas españoles, que incluía a Pedro Gimferrer, Leopoldo María Panero, José María Alvarez, Guillermo Carnero, Manuel Vázquez Montalbán, Antonio Martínez Sarrión, Félix de Azúa, Vicente Molina Foix y Ana María Moix. En las antologías que siguieron a ésta se irían añadiendo otros nombres: Antonio Colinas, José Miguel Ullán, Jenaro Talens, Luis Alberto de Cuenca, Jaime Siles, Justo Jorge Padrón, Luis Antonio de Villena, Miguel D’Ors, José Luis García Martín y Abelardo Linares. Esta es la primera generación de poetas nacidos después de la guerra civil, que comienzan a escribir en una „sociedad de consumo“, que mantenía una estrecha formación católica tradicional, donde los niños se evadían a través de la lectura de tebeos, a la espera de quedar deslumbrados frente al cine americano, las primeras televisiones y los discos de jazz y pop-rock.

En 1970 la antología Nueve novísimos se presentaba a la sociedad española desafiando, rompiendo barreras y esgrimiendo nuevos estilos de escritura. En el prólogo José María Castellet decía claramente que su intención había sido manifestar la existencia de un nuevo tipo de poesía cuya tentativa era, precisamente, la de oponerse -o ignorar- a la poesía anterior. Por eso, los poetas allí presentados, reivindicarían todo lo que durante las útimas décadas se había rechazado: el decadentismo, el esteticismo, el lujoso léxico modernista, el estilo de la vanguardia, el malditismo... Sin duda, la propuesta novísima regeneró el ambiente literario español, trazó caminos y posibilidades, enseñó a escribir y a leer a muchos jóvenes poetas, a enfocar el acto de creación de forma distinta. Nueve novísimos sirvieron de ayuda y de estímulo a muchos jóvenes que entonces empezaban.

En las declaraciones que hacían, siempre polémicas, rebeldes, escépticas y distantes con respecto a la cultura española del momento, se mostraban muy interesados por la literatura de otros países. Defendían el individualismo y el irracionalismo, la modernidad, se sentían cercanos a las vanguardias, al surrealismo, a los escritores malditos y a los decadentes, amigos de celebrar a poetas de segunda fila, o a aquellos que sí habían sido relegados en la inmediata posguerra española. Les gustaba incorporar a sus poemas objetos de gusto kitsch o camp, un léxico suntuoso o muy tecnicista y referencias al cine, a la música y los cómics. Fascinados por la cultura francesa y anglosajona, se alejaban conscientemente de la realidad española que les rodeaba, haciendo que sus poemas dieran cabida, en largas enumeraciones, a referencias, glosas y citas en varios idiomas de pintores, directores y actores de cine y escritores de medio mundo. Las referencias culturales se acumulaban en los poemas indigestando la lectura, epatando al lector y alejando, en suma, al escaso público que se acercaba a la poesía de la época.

Veremos a poetas, importantes hoy y muy jóvenes entonces, alardeando de culturalismo y de contracultura al mismo tiempo; incluso los más culturalistas eran los que ofrecían las respuestas más contraculturales. Se trataba de crear una nueva realidad a través del poema, con sus citas, los silencios retóricos, los exotismos geográficos, los irracionalismos y las enumeraciones caóticas; se rendía culto a la palabra y lo de menos era el sentimiento del poeta, su más íntima visión del mundo, su interioridad. Al final, la identidad del poeta se perdía, se fragmentaba en la propia creación. Como decía Gimferrer: „No sabemos quién narra porque no sabemos quiénes somos... El narrador -eje firme e invariable del relato decimonónico- pierde espesor y consistencia, cede a la inseguridad y a las zonas de sombra..." (Radicalidades, Barcelona, 1978, p. 85). También Luis Alberto de Cuenca en la nota que precedía a su libro Scholia (Barcelona, 1978) indicaba: „glosar es hoy la única actividad creativa -en lo literario- que me parece honesta y divertida. La tan buscada originalidad es una fábula sin el menor sentido, torpe y vulgar“. Poco después, en una interesante semblanza sobre su generación, él mismo decía: „No nos apetecía escribir nada que no tuviera unos orígenes cultuales, librescos. La vivencia (esa horrible palabra) sólo venía después, a impedir que el plagio fuese perfecto“ (Poesía, nº 5-6 (1979-1980), pp. 245-251).

La crítica más conservadora acostumbrada a la estética realista y a la poesía de preocupación social, donde ésta se consideraba „un arma cargada de futuro“, de lenguaje sencillo, sin culturalismo y carente de imágenes surrealistas, reaccionó con sorpresa y algunos con las espadas en alto arremetieron contra la difícil poesía de unos jóvenes esteticistas que incluían en largas enumeraciones referencias a unos mundos culturales que ellos desconocían. La revista Insula (n° 288, 1970) publicaba un artículo de José Olivio Jiménez, „Nueva poesía española 60-70“, en el que, después de caracterizar de esteticista a la nueva generación, frente al eticismo de la anterior, terminaba diciendo que la antología era „un episodio más de la juerga intelectual barcelonesa“. En el número 51 de la revista Reseña en 1972, Jiménez Martos hacía un „Panorama del año poético“ y lanzaba una punzante alusión a los jóvenes Novísimos: „El cernudismo, un tanto atenuado (cernudismo blanco), así como la enseñanza de Pound y de su discípulo Eliot, junto con exquisiteces voluntariamente decadentistas, acaparan la orientación de algunos muy jóvenes poetas que, según se ha dicho y repetido quieren sustituir, han sustituido, la berza por el sándalo“. Pero hubo críticos que apoyaron la nueva estética que se defendía en Nueve novísimos. En la sección „Artes y Letras“ del diario Informaciones (12 de febrero de 1970), Carlos Bousoño escribía un artículo, titulado significativamente „Hoy ya no puede hacerse poesía social“, en el que defendía „la tendencia hacia la sorpresa y la irrealidad“ que caracterizaba la nueva poesía. El 14 de mayo, en el mismo periódico, Rafael Conte hablaba ya de la escuela veneciana, „desenfadada, brillante, escéptica y esteticista“, como de la encargada de „remover y conmover el pacífico y hermoso lago de la poesía española“ (nunca he sabido a qué hermoso lago se refería Conte).

No todo lo que ofrecían los Nueve Novísimos era novedad. La poesía lírica de nuestros días se ha caracterizado por un indagar constantemente en sí misma, en el acto de creación y en el lenguaje, por la meditación sobre el quehacer poético y sobre la escritura en general. La generación de poetas que precedió a los Novísimos ya había establecido las pautas de esta meditación. José Angel Valente, Jaime Gil de Biedma, Claudio Rodríguez, Angel González y Francisco Brines habían luchado por liberarse del compromiso ideológico, que tanto había mediatizado la poesía social, y se habían cobijado en la concepción de la poesía como medio de conocimiento de la realidad. En un principio los jóvenes Novísimos se apartaron de toda la poesía española que les precedía y podía identificarse con la poesía social y con el realismo. Pero con el tiempo, muchos de ellos cambiarían de actitud, empezando a reconocer los méritos de sus inmediatos antecesores. Tras los Nueve Novísimos podemos simplificar el panorama poético español en una serie de grupos, de tendencias estéticas, que han venido conviviendo desde los años 70 a los 90. Todas ellas heredan, a mi entender, gran parte de los temas y del estilo que se inauguraba a finales de los 60 en la poesía española, sólo a finales de los 80 se puede hablar de una tendencia estética con planteamientos distintos, que, además, será la que condicione la evolución de la poesía de los 90, invadiendo con éxito el mercado editorial y acaparando los premios. Esta es la que parece presentar cambios significativos con respecto a Nueve Novísimos y, por eso, me detendré más en ella.

La primera tendencia será la de los continuadores de la estética novísima, que ya en los 80 comienza su declive, y que afecta en especial a los que más defienden el decadentismo y el culturalismo. Serán los llamados posnovísimos de Luis Antonio de Villena. Sus temas versarán en torno a la juventud perdida, al cuerpo, la homosexualidad, el Mediterráneo como espacio de aventura y placer, el tono jubiloso o elegíaco para sus poemas, y los maestros Cavafis, Cernuda, Gil-Albert y Brines. La segunda tendencia será la que denominamos poesía de la reflexión, también llamada de la „poética del silencio“, cuyos poetas, bajo el magisterio de Paul Celan, María Zambrano y José Angel Valente se plantean la creación partiendo del axioma de que la experiencia poética es, como la mística, inefable, y la palabra un torpe instrumento, una imprescindible imperfección del silencio. Así para Jaime Siles o Andrés Sánchez Robayna, el poema se convierte en lugar para la reflexión sobre la creación poética, la metapoesía y la abstracción. La tercera tendencia viene a recuperar la tradición simbolista y surrealista, en algunos poetas confluye con los planteamientos de la poesía del silencio, y sigue, como las anteriores, muy ligada a la estética de la antología Nueve novísimos. Representativos de lo dicho serían algunos de los últimos libros de Pere Gimferrer, Jorge Urrutia, César Antonio Molina, Blanca Andreu, Ana Rosetti, Almudena Guzmán, Juan Carlos Suñen y Juan Carlos Mestre.

La cuarta y última tendencia poética es la que más se diferencia del discurso poético de los 60 y 70. A finales de los 80 se utiliza el término „poesía de la experiencia“ para denominar, en un principio, un estilo poético que tímidamente se alejaba de la estética novísima. Con el tiempo, ya finales de los 90, resultaría confuso y ambiguo seguir utilizando esta denominación (¿qué poesía no parte de la experiencia?) para la poesía de Diego Jesús Jiménez, Luis Alberto de Cuenca, Luis García Montero, Julio Martínez Mesanza o Juan Cobos. El término procede del libro de Robert Langbaum, The Poetry of Experience, dedicado a estudiar el monólogo dramático en la lírica inglesa. Shirley Mangini nos resume este concepto: „El monólogo dramático es un proceso mediente el cual la experiencia que el poema revela está contada por un observador, hablante o personaje que no es necesariamente el poeta. El poeta se encarga de dotar a su personaje de las cualidades necesarias para hacer que el poema le suceda“ (J. Gil de Biedma, Madrid, Júcar, 1980, pp. 72-73). Aunque éste es un concepto muy interesante que nos sirve para aclarar cuestiones que se nos plantean en esta poesía, y que la hacen diferente de las tendencias novísimas y venecianas, nosotros preferimos hablar de poesía de los 80 o de poesía de los 90. Ya se ha señalado repetidamente como característica de los Novísimos la falta que había en su poesía de datos personales y autobiográficos, la pérdida de la identidad en el acto de la creación poética y su reflejo en los versos. En la poesía de los 80 el poeta, por el contrario, comienza a utilizar materiales de su experiencia personal, y lo hace bajo primera persona o la segunda, dándole a ésta el uso que Bousoño ha denominado „tú testaferro“; de ahí que el poema se llene de datos biográficos, unos estarán documentados en la biografía del propio poeta, otros se incluirán en el poema por una de las máscaras biográficas ficticias, de las que hablaré más adelante. Frente a la ausencia de datos personales en la poesía novísima de los 70, los poetas coinciden al presentarnos un yo poético protagonizando con orgullo sus poemas. Parece que han decidido contarnos sus experiencias o sus reflexiones, darnos datos de su biografía personal o crear biografías ficticias en cada poema. Además, en los versos se dan cita otros personajes que también aportan nuevos datos sobre el poeta, su entorno social, sus gustos.

La primera gran diferencia, pues, que encontramos en los poetas de esta tendencia será el uso de la primera persona, la exhibición del yo poético, la investigación en los sentimientos, la vuelta a los „temas eternos“ y la tendencia a narrar desde esa primera persona los hechos cotidianos. Leyendo la poesía de Luis Alberto de Cuenca, Abelardo Linares, José Luis García Martín, Jon Juaristi, Miguel D’Ors y de los más jóvenes Luis García Montero, Felipe Benítez, Carlos Marzal, Pedro Casariego o Julio Martínez Mesanza, el lector percibe inmediatamente el profundo cambio en la relación del lector con el autor. El poeta fomenta una comunicación directa, busca la complicidad con el lector, trata de recuperarlo para la poesía, acercarse a él. Es decir, se trata de una poesía de alto contenido vital, donde el poeta atiende especialmente a su vida personal, donde cuenta lo que le pasa y dónde le pasa, no versando sobre sí mismo, sino más bien narrando pasajes, anécdotas de su vida y describiendo éstas, bien desde la primera persona, o la segunda, muchas veces sustituida por una máscara de sí mismo, o la evocación de un personaje histórico o de ficción. Hay que tener en cuenta, que el uso de un personaje en el monólogo dramático del que hablamos, de un personaje distinto del autor, no es contradictorio con su carácter autobiográfico: se puede tratar de una máscara que resalta mejor ciertas facetas del autor (García Posada habla de la „ficcionalización del yo“ en La nueva poesía (1975-1992), Barcelona, Crítica, 1996). La crítica (Enrique Molina Campos, Miguel García Posada, Jaime Siles, Miguel D´Ors, García Martín...) ha señalado otras características para esta poesía que citamos a continuación: 1) La relectura de la tradición cultural española: con especial atención a la generación de Angel González, Francisco Brines, Jaime Gil de Biedma, José Angel Valente. 2) La vuelta a los metros clásicos y a la rima. 3) La readaptación de la épica. Epicidad que se apoya en la fuerte presencia de elementos individualistas. 4) La introducción del humor, la ironía, la parodia. Y 5) La elección del espacio urbano y la temática urbana como fuentes de inspiración, como marco y como escenografía apropiada al desarrollo del acontecimiento poético.

Vamos a detenernos en esta última característica, pues me parece uno de los hallazgos más interesantes. En los 80 y los 90 se produce un profundo cambio en la concepción de la realidad y del poema como representación de esa realidad, en la configuración de los escenarios poéticos y en el papel que se concede el poeta, a sí mismo, en esos escenarios. Estamos viendo a través de los versos que los poetas mantienen una actitud cordial hacia la vida en general y que parecen abandonar las posturas rebeldes, traumáticas, distanciadoras y fetichistas de algunos novísimos. Los poetas quieren enlazar con la vida actual, entrar en la modernidad, sin que ello tenga ya que ver con actitudes contestatarias o vanguardistas. Vemos, además, un interés por relacionarse con la tradición cultural en la que han nacido y vivido, y recuperar o, al menos, no evitar, la herencia de la tradición poética menos social de la generación del medio siglo. Gran parte del éxito de los Novísimos en los 70 se debió a la facilidad que tuvieron para crear una gran escenografía literaria, artística, con elementos del teatro y del cine, que estaba en la mente de muchos jóvenes españoles ya a finales de los 60. En su poesía había todo un despliege de luces y sonidos (recordemos el poema „Muerte en Venecia“ de Gimferrer o la casi totalidad de su libro La muerte en Beverly Hills, los poemas sobre „El Dorado“,“Cantando bajo la lluvia“ o „Belle de Jour“ de José María Alvarez; los de Peter Pan, Blancanieves o „La caza del Snark“ de Panero, los de la Babilonia de Nino y Semíramis o el „Amor y la muerte en Calímaco de Cirene“ en Luis Alberto de Cuenca etc.) Escenarios mágníficos, de estética barroca, veneciana, „hollywoodesca“, del modernismo, del simbolismo y los prerrafaelitas, del mundo del comic, del jazz o del pop; escenarios todos ellos llenos de sugerentes imágenes, pero que dejaban fuera al lector, convirtiéndolo en un espectador pasivo, que poco entendía, pero se dejaba fascinar, por tanta parafernalia y artificio.

Esta será, a mi entender, una de las diferencias con la poesía que se está escribiendo en los últimos años. Mientras los novísimos no subían a los escenarios que ellos mismos habían creado, se mantenían distantes, espectadores, lejanos; los poetas en los 80 y los 90 especialmente, aunque mantienen muchos de esos escenarios (despojándoles de decadentismo, florituras y referencias culturales), se suben a ellos para participar, protagonizar, dirigir la representación. La diferencia estriba en que ahora el poeta, su „yo poético“, su ser en la ficción del poema, y los personajes por él creados, las máscaras, una y mil veces inventadas por la vida, viven en esos escenarios y, desde ahí, trasmiten a un lector cómplice e involucrado sus experiencias literarias, biográficas, reales o ficticias. La pasión será guía en el poema, pero sobre ella actuará la ironía, con sus sofisticadas técnicas de distanciamiento. Vemos con frecuencia que los poetas se desdoblan en distintos personajes, con distintas psicologías: son reyes, princesas, guerreros, policias, ligones, amas de casa aburridas, hombres deprimidos, arruinados, celosos y criminales. El poeta se desdobla, finge, o es él mismo, recuerda o inventa, y estos personajes llaman la atención del lector, consiguiendo su complicidad una vez más.

El poeta o los personajes por él creado hablan al lector, desde esos escenarios, de sí mismos, de sus sentimientos, sus amores, sus miedos, de los celos, de la generosidad y de la vileza, de la fidelidad y de la cobardía. También se cuentan las anécdotas del día, o las de los amigos, incluso los versos llegan a discurrir sobre las características y los modos de comportamiento de su sociedad, llegando a la reflexión sobre su significado y extrayendo lecciones de vida; la autoironía neutralizará, como he dicho, el posible patetismo de la expresión excesivamente intimista. La escenografía, si es que se modifica, lo hace especialmente en los adornos. La ciudad se muestra en sus aspectos urbanos más duros, más sombríos, hiperrealistas o expresionistas; las calles, los bares, los parkings subterráneos y el hombre vagando, paseando, perdiéndose o divirtiéndose en su ciudad, desplegando por ella sus sentimientos, dejando volar sus ensoñaciones o dejándose arrastrar por sus visiones.

Si el tratamiento del yo se volvía obsesivo, como dijimos, sólo se perderá en la ensoñación, durante el sueño, o en el espacio de la fantasía. Desaparece la imaginería surrealista o vanguardista de los 70, pero no la onírica. Se juega en ese espacio entre la vigilia y el sueño, la realidad y la fantasía, donde pueden incluirse todo tipo de elementos extraordinarios (marcianos, monstruos, cíclopes, caballeros medievales, fantasmas...) en una realidad aparentemente cotidiana. Y es que los datos pseudobiográficos que se incorporan al poema, las cosas que le suceden al yo poético, proceden de diferentes realidades, y nadie, ni el lector, ni el poeta harán distinciones entre ellas. Este aspecto, que suele olvidar la crítica, me ha llamado la atención, pues veo con frecuencia cómo algunos poetas de esta última generación tienden a crear espacios irreales, soñados o fantásticos a partir de la realidad cotidiana. Esto se manifiesta de distintas maneras: por un lado, habrá poemas donde esos nuevos mundos creados por el poema se consigan con la simple mitificación de la realidad cotidiana; por otro lado, los habrá como resultado de la desmitificación absoluta de esa misma realidad cotidiana. Así mismo, también encontraremos poemas fundados sobre anécdotas, hechos cotidianos o circunstancias culturales ocurridas en tiempos lejanos, situados en la antigüedad clásica, el mundo medieval, el romanticismo o los Años Veinte, pero el poeta se encargará siempre con habilidad de incorporalos a nuestro tiempo, jugando incluso con los anacronismos.

Así que, cuando hablamos del tratamiento diferente de la realidad en la poesía de las dos últimas décadas, sea porque ésta sufre un proceso de mitificación de o desmitificación, es porque creemos que el poeta juega con una realidad que él mismo falsifica, pues la realidad tal cual, no parece ser vista poéticamente, no parece ser valorada ni estética ni éticamente. La falta de estructuración de esa realidad hace, pues, innecesarias las verdaderas experiencias, éstas no tienen que ocurrir para que surja el poema. La realidad se falsea previamente al acto de creación poética, el poeta elige desde la subjetividad el valor poético que quiere resaltar, lo mitifica o lo desmitifica, y al final el poema sólo presenta una pseudo realidad. Lo que se consigue es crear una atmósfera de irrealidad ante un lector espectador, cómplice. El lector queda atrapado entre los ambientes conocidos y la claridad de la narración; el hechizo se produce sin sobresaltos. (Podemos encontrar un cíclope en la Casa de Campo, tener una ameba con pseudópodos en nuestro bolsillo, hablar con un extraterrestre, o conocer a Ulises en una fiesta.) Estamos hablando de una poesía que busca temas inquietantes y turbadores en los que el poeta pueda dar rienda suelta a sus fantasías, hiperbolizando aquellos aspectos de la realidad cotidiana que le parezcan más atractivos, destacando los rasgos más humanos, bien para ridiculizarlos, bien para ensalzarlos, pero dejando siempre un espacio de ironía o de humor entre el poema y el lector. En cualquier caso, esas nuevas realidades de las que nos hablan los poemas se presentarán de manera ordenada e inteligible, nada deberá interrumpir la comunicación con el lector, pues se busca al lector, se le quiere hacer cómplice y partícipe del mundo inventado en el poema. La comunicación con el lector sigue siendo, como dijimos, uno de los objetivos primordiales, pues el poeta tiene la seguridad de que no es ningún demérito artístico el que un poema „se entienda“.

En esta poesía se trata de recobrar las cosas cotidanas, los objetos y los seres queridos, procurando que no pierdan su ser real, aceptando su condición objetiva; por eso vemos cómo se revaloriza la importancia del lugar donde se vive, de la provincia, de la ciudad, la calle, los bares. Al poeta le gusta nombrar los lugares por los que pasa, aproximarlos al lector, para que éste participe de su historia, sea ésta una historia fingida o real. Parece, como señala Francismo Rico, que los poemas están ganando en „sustancia narrativa, cotidianidad, lenguaje coloquial, humor, en tanto las novelas crecen en intimidad, afectos, rumbos meditativos...“ (Francisco Rico, „De hoy para mañana: la literatura de la libertad“ El País, 9-10-1991, p. 4.). El esquema para producir el poema está conseguido, el éxito por el momento también, la realidad se impone una vez más en la literatura, la anécdota vivida o fingida es narrada poéticamente, con claridad y cuidado formal. Es la eterna anécdota que expresa y comunica al lector el dolor y la alegría cotidianas, y que funciona muy bién en el cine y en la novela contemporáneas, pero en poesía la narración de anécdotas no debe ahogar el poema, donde por encima de todo debe quedar libre el camino hacia la imaginación, las sugerencias y las emociones.



Publicado originalmente en la revista electrónica "MATICES": (http://www.matices.de/)


domingo, 30 de enero de 2011

CANSINOS ASSENS Y EL FRACASO POR LUIS ANTONIO DE VILLENA



Siempre dentro de la órbita de un modernismo amplio, Rafael Cansinos Assens (1882-1964) publicó en 1918 uno de sus más atractivos ensayos: “El divino fracaso”. Tan cierto fue el tema, que cuando Cansinos murió en Madrid, viejo y olvidado, sólo González Ruano hizo un artículo obituario. Muchos lo daban por muerto. En realidad, después de la guerra civil, vivió -ayudado por el editor Aguilar- haciendo ciclópeas traducciones y en trato con un corresponsal argentino, César Tiempo, de la comunidad sefardita de allá, que tampoco dejó de cuidarlo, pues Cansinos (por los orígenes de su apellido) se consideró filojudío o muy cercano a esa comunidad…
Ahora su hijo Rafael -al que recuerdo de años juveniles en Madrid con Eduardo Haro- acaba de publicar en la colección de su Fundación, Arca Ediciones, “La huelga de los poetas”, una novela muy relacionada con el fracaso y que no había vuelto a ver la luz desde 1921, cuando salió. Lástima únicamente ( pues la obra es bella y sugestiva)  que la “presentación” quede algo pobre. Con claros signos autobiográficos, Cansinos (que se llama a sí mismo “el Poeta” y que vive junto al Viaducto con su hermana Pilar, como así era realmente) nos presenta la imagen tardomodernista de un Madrid pobre, brillante y sentimental, donde los sueños de los poetas -segundones- que se sientan en los divanes rojos de los cafés, fracasan porque en años de penuria, el papel está caro, los editores no se arriesgan y no hay lectores para los soñadores de quimeras e ideal. El Poeta (Cansinos) que comparte esa miseria y esos sueños trabaja como periodista, pero sus colaboraciones literarias no le interesan al ignorante director de períodico (que era “La Correspondencia de España”) al que llaman “Don Criterio” por su contínua repetición de esa palabra. Cuando -estamos en 1919- los periodistas van a la huelga seguidos por tipógrafos y cajistas, el Poeta los acompaña pues cree que el arte debe ser valorado como cualquier trabajo, pero si los periodistas ganan, él fracasará y abandonará (desengañado) el periodismo. La novela gana -como otras de Cansinos- más que por la trama, por los abundabtes momentos en que la reflexión sobre el arte como ideal y como realidad, se viste de una prosa suntuosa y reposada que muestra al gran estilista (siempre en la estela simbolista) que había en Cansinos. Abandonó la profesión periodística, pero no sus colaboraciones en prensa que duraron hasta el filo destructor de la guerra. El enigma de Cansinos (que la novela plantea muy bien en su base) es por qué un hombre culto y muy dotado, que había tratado en su juventud  -hacia 1900- a los mejores, va quedándose poco a poco, primero con los vanguardistas un tanto en escorzo, luego con los rezagados y por fin  con el enorme silencio abarrotado de traducciones plurilingües. Borges lo adoró y vino a verlo en 1962. Juan Ramón y los Machado lo vieron como fraterno al inicio, pero luego él los rehuía, como cuenta “La novela de un literato”. ¿Qué sagrada profundidad vio Cansinos en el fracaso? “La huelga de los poetas” (novela actual, si tenemos en cuenta la hodierna incultura literaria) puede ayudarnos a responder la pregunta de uno de los raros más raros y atrayentes de nuestras letras. Y recordemos lo que escribió John Berger: “Porque es en el lugar de la pérdida en donde nacen las esperanzas.”                                           ¿Será eso?

domingo, 14 de noviembre de 2010

IMÁGENES DE LA EXPOSICIÓN FOTOGRÁFICA: "CENTENARIO DE MIGUEL HERNÁNDEZ: LA POESÍA QUE NO CESA" EN LA "XXX FERIA INTERNACIONAL DEL LIBRO DE SANTIAGO DE CHILE" 2010



Fundación Pablo Neruda / Consejería Cultural
de la Embajada de España.



Sala Joaquín Edwards Bello (Antesala).





 ASPECTOS DE LA VIDA Y OBRA
DE MIGUEL HERNÁNDEZ



 El rayo que no cesa y Teatro en la guerra.




Perito en Lunas.




 Viaje a Rusia y el poeta en el frente.




 El hombre acecha.




Parte del epistolario del poeta.




 DOS ASPECTOS DE UNA FOTO INÉDITA DEL POETA CEDIDA ESPECIALMENTE PARA ESTA EXPOSICIÓN POR EL ESCRITOR Y PERIODISTA
FRANCISCO ESCUDERO GALANTE.







viernes, 12 de noviembre de 2010

"POESÍA CHILENA Y POESÍA ESPAÑOLA: CONVERGENCIAS Y DIVERGENCIAS" POR ANDRÉS MORALES

"Acqua", Foto de Rafael Garay


Antes de entrar en materia, es indispensable precisar algunos puntos esenciales en este breve estudio comparativo. En primer lugar, aquí se considerará sólo una parte de la poesía española y de la poesía chilena última. Es fundamental tener en claro que operamos con un necesario corte temporal, como de autores y obras. En segundo lugar, este trabajo persigue una descripción de las tendencias y de temas más que una selección azarosa y arbitraria que pretenda hacer converger o distinguir una obra y/o autor de otras. Hechas estas salvedades, consideraremos ahora las particularidades de cada una de estas líricas.

En sentido contrario a lo esperado, nuestra era de las comunicaciones ha favorecido el desarrollo de líricas centradas en reales o aparentes tradiciones literarias propias de un país o de una región. Sin duda, la divulgación de algunos autores de sobra publicados y pertenecientes a generaciones anteriores (léase Neruda, Vallejo, Borges, Cardenal, Parra o Paz) ha impedido el descubrimiento de otros tan importantes como los ya señalados. Sin orden cronológico y casi sin orden alguno se han sucedido pequeñas modas que han permitido la publicación de poetas tan notables como el propio José Lezama Lima, Olivero Girondo, nuestro Vicente Huidobro y otros tan gravitantes y esenciales como Gonzalo Rojas, Jorge Teillier, José Emilio Pacheco, Carlos Germán Belli, Antonio Cisneros y Oscar Hahn por nombrar sólo poetas hispanoamericanos. Si bien, como hemos afirmado estos autores han gozado de pequeños momentos de real divulgación, lectura y estudio, tampoco podemos aseverar que se trate de una manifestación sostenida en el arco del tiempo, de las editoriales y la prensa. Alguien, seguramente razonable, señalaría este fenómeno como un signo de estos tiempos cambiantes e inestables: de seguro no se encontraría perdido en esta idea central, aunque posiblemente la sociología literaria puede entregar una repuesta más contundente al problema.

Desde el otro lado del Atlántico las cosas no han ido sustancialmente distintas. El privilegio editorial y periodístico de, al parecer, cuatro o cinco autores (primero los miembros de la llamada generación del ´27, luego aquellos de la poesía social y de las generaciones posteriores a la guerra civil, etc.) han ido alternándose en el podio social de la literatura. Así, luego de la muerte de Franco, las figuras de García Lorca, Alberti, o Dámaso Alonso, han mantenido su fuerza cediendo de cuando en cuando ante el redescubrimiento de otros del ´27 como Cernuda o Salinas, o bien, frente a la revalorización de Miguel Hernández o, paradoja mayor, de figuras tan conocidas –y por lo mismo extrañamente oscuras- tales como Antonio Machado o Juan Ramón Jiménez. Tal como hemos dicho, las modas no son ajenas a ninguna realidad literaria propia de un país; independientemente del problema de los lectores o la estrechez de miras de las editoriales, tanto a un lado como al otro del Atlántico observamos el mismo fenómeno.

Ahora bien, si partimos de una situación social y de recepción casi idéntica (como también si nos detuviésemos en el rol del poeta en la sociedad), no llegaremos a conclusiones similares desde el punto de vista temático e incluso en los recursos formales utilizados para la cristalización de las obras más importantes e influyentes en las respectivas literaturas.

A pesar de muchas apreciaciones distintas y hasta contrarias, la lírica hispanoamericana –y chilena- puede considerarse dentro de una línea o tradición europea (siendo la poesía alemana, la francesa y la anglosajona las más influyentes); muchos de los autores citados descartan el influjo propiamente español, aduciendo una filiación anglosajona, o francesa, o, en su defecto, pretendiendo una clara tradición “sólida” dentro de la poesía hispanoamericana. Este problema puede revisarse minuciosamente a través del estudio de influjos y de estilos, lo que, sin duda, despertaría más de alguna sorpresa en el ámbito de los estudiosos que pretenden negar todo o casi todo contacto con lo peninsular y prefieren la filiación francesa o aquellas provenientes de la lengua inglesa.

Así, la poesía última española actúa casi sin una línea predeterminada o común a sus distintos exponentes. Al igual que en Chile, donde la variedad –palabras o gestos más o menos claros- tiene sus cuatro o cinco variantes, es España los autores, al parecer, pueden definirse también dentro de determinadas etiquetas o rótulos, bastante eclécticos.

Lo que sí llama la atención es la lectura, casi caprichosa a veces, de su propia poética. En la “intra-historia” de los textos aparecen importantes hiatos y/o saltos hacia la tradición; buscando, a menudo, un distanciamiento con los nombres mayúsculos de la poesía ibérica y, más que eso, un acercamiento a poesías de otras latitudes, incluyendo, en contadas ocasiones, la hispanoamericana.

Así, vemos un rechazo de lo propiamente hispánico, de los propios españoles y de los poetas hispanoamericanos y chilenos. Habría quizá una suerte de negación de trayectoria o una desnaturalización que es subsanada en casos particulares (pienso en Oscar Hahn y Gonzalo Rojas en Chile, o Jaime Siles, Luis García Montero y José Ángel Valente en España), pero que no alcanza a formular más que una línea más dentro de la multiplicidad de registros y tendencias. Algo similar ocurre con la poesía chilena. Aparte del quizá necesario “parricidio” de Pablo Neruda y Gabriela Mistral, la poesía actual busca otros referentes. Tal vez, tanto en Chile como en España, la búsqueda de modernidad (¿o, postmodernidad?) confirma la teoría de Octavio Paz de la “tradición de la ruptura”; pero, fracturando incluso el universo de la propia lengua para ir hacia otras literaturas. Nada nuevo –dirá alguno- si vemos los casos de Huidobro en Chile o Larrea en España, pero que hoy se ha agudizado profundamente. Es como si la propia lengua perdiera su peso dentro del poema para intentar un desdoblamiento en el reflejo y materia de otra lengua.

Un punto coincidente es entonces la desvinculación de los autores actuales con su propia literatura y su propio idioma, pero también, hay otros aspectos que, creemos necesario, al menos, esbozar.

Los medios de comunicación, la publicidad (y el lenguaje publicitario y el comunicacional); el desarrollo tecnológico y el desarraigo del poeta y el hombre en el mundo contemporáneo prefiguran temáticas comunes y búsquedas estéticas y formales similares. De esta forma, el lenguaje de la plástica, de la informática, de los “mass-media” entra de saco en estas poesías. Por otro lado, el aislamiento regional, nacional y personal; la soledad, y el sentimiento de huerfanía, descolocan a los actuales hablantes frente a ese sacralizante yo profético que tantos intentaron e intentan descolocar y desmitificar.

Aun así, subsiste en España una retórica muy acentuada con lo que tradicionalmente nos suena a “español” o que, también, puede ser catalogado como “continuistas” en el estilo y forma (no así en los temas) de generaciones anteriores. Al parecer, la postvanguardia, la ruptura de cánones que hemos visto a partir de Nicanor Parra y Enrique Lihn en Chile, consolidado esencialmente en Juan Luis Martínez, todavía no aparece en forma contundente y convincente en la lírica peninsular. Por el contrario, el caso de Chile se constituye como paradigma de aceptación de diversas fuentes (que a veces pueden constituirse en verdaderas influencias) operando en forma casi secreta y articulando y desarticulando los registros conocidos.

Otro tanto acontece con los discursos alternativos y marginales. La propuesta de colectivos minoritarios, sexuales o vernaculares, etc., parece ofrecer mayor variedad y fuerza en Chile, quizá, por mantener con originalidad e imaginación y por sacar sus voces por primer vez casi libremente e insisto en el casi, en el concierto social y literario del país.

En España, al menos hasta donde podemos vislumbrar en la lírica, no está claramente configurado un auténtico discurso feminista (sino, léase a Blanca Andreu, por ejemplo, donde, más que nada se ha rescatado a las vanguardias en una suerte de neosurrealismo ), ni un discurso homosexual, o de minorías raciales (negros marroquíes, latinoamericanos), ni parece, tampoco, resurgir lo que fue en su momento la poesía gitana, paralela a la formal o literaria que evidencia influjos de esta cultura.

Por todo lo antes mencionado creemos que existen legítimas diferencias en la tematización y originalidad de las líricas comparadas, aunque, es cierto, existen actitudes personales –e incluso de grupos, pero sólo considerados como momentos de carácter histórico-literarios- que al parecer pueden considerarse como homólogos. Lo que sí nos parece necesario, fundamental y hasta esencial, es el contacto entre estas dos literaturas para romper con el prejuicio de españoles hacia americanos y de chilenos hacia españoles. La actitud de incomunicación y de autosobrestima de la mayoría de los exponentes de estas líricas debe ser superado definitivamente.

Si la poesía puede considerarse expresión, comunicación y búsqueda, es negar su esencia encerrarla en un espacio, en un círculo, en un estrecho cerco.

martes, 5 de octubre de 2010

PANORAMA DE LA POESÍA CATALANA CONTEMPORÁNEA por ANDRÉS MORALES




Referirse a la poesía catalana en Chile es como si nos enfrentáramos a una tradición literaria tan distante y desconocida como la poesía africana o la poesía asiática (con todas las inmensas diferencias que existen en y entre estos continentes y en y entre esas literaturas y diversas lenguas). En nuestro país, para la gran mayoría de los lectores, poetas y académicos, la poesía española no es otra cosa más que la poesía escrita en castellano. No existe una lírica gallega, vasca o, como he dicho, catalana (incluyendo en este acápite a la poesía de las Islas Baleares y del País Valenciano). Parece que a los chilenos aún se nos han quedado grabadas las frases del antiguo régimen (español), donde nombres propios y sustantivos como “raza”, “imperio” o “Castilla” dominan el imaginario y la memoria de los intelectuales de este otro lado del Atlántico. Si mencionamos a algún autor de otra de las lenguas oficiales del Estado Español, la primera pregunta que surge (si es que hay algún interés genuino): “¿está traducido al español?”. Y, claro, está traducido al español, porque el catalán, el gallego o el euskera son lenguas españolas y, además, oficiales. Otra cosa es si la pregunta se dirige a una traducción al castellano y, eso, es asunto y materia de otras consideraciones, donde existen complejidades como el bilingüismo, la obligatoriedad de publicar en castellano y la prohibición de hacerlo en catalán (en la época de la dictadura de Francisco Franco) o en el desinterés (después del franquismo) desde las editoriales castellanas y de los propios autores catalanes por publicar en esa lengua (porque sienten, con mayor o menor razón, que están “traicionando” su cultura, o peor, “se están vendiendo” por una mayor circulación de sus libros que no siempre redunda en una comprensión cabal de las particularidades de la autonomía catalana o, incluso, de las otras autonomías con sus propias lenguas vernáculas). Si en América, con justos alegatos, nos hemos quejado de la imposición de los modelos españoles sobre nuestras culturas prehispánicas, donde la religión, las lenguas, las tradiciones y hasta la vida humana no fueron respetadas y, en la actualidad, de forma más que ambigua se nos menciona y rotula con ese anestésico y amnésico “slogan” del Quinto Centenario del Descubrimiento de América, como un “Encuentro de Dos Mundos” o “Encuentros de Dos Culturas”, los catalanes (y también los vascos y gallegos, insisto) pueden dar cuenta en su historia de tratamientos similares. Y no es que yo quiera hacer un encendido discurso en contra de mi lengua materna, el castellano, lengua en la que pienso, siento, escribo… Con su maravillosa riqueza, con su literatura extraordinaria, con su historia y con su cultura y sus tradiciones que han forjado una buena parte de la moderna civilización occidental. No. Por ningún motivo. Pero me gustaría ordenar un poco las cosas y abrir nuestros criollos ojos a la merma gigantesca que consiste en clasificar, disminuir, etiquetar o excluir de un plumazo a una cultura, a una lengua, a una literatura y a una poesía que ha entregado también una visión de mundo plena de belleza y de interrogantes. Que ha aportado libros, estilos, escuelas y autores que, por desgracia, aquí desconocemos casi por completo.

De esta manera podemos hablar, desde Chile e Hispanoamérica, de una doble marginación de la literatura catalana. En primer lugar, la que ha sufrido en la propia península ibérica con todos sus avatares políticos, nacionalistas y hasta clasistas. En segundo lugar, la que nosotros le infringimos, al ser, de una u otra manera, “herederos” de esa primera marginación y duplicarla para hacerla desaparecer del horizonte de la literatura y de la poesía. Doble marginación… doble injusticia. Pero en el concepto de la “Europa de las naciones”, que cada vez se parece más al mapa de la Unión Europea (sobre todo si pensamos en países como Eslovenia, la República Checa y tantos otros), la recuperación histórica, lingüística y cultural (y no me refiero a ese nacionalismo tan venenoso que intentó destruir al continente por lo menos en dos grandes y terribles ocasiones) ejerce un poderoso incentivo para redescubrir o, simple y llanamente, descubrir, los grandes tesoros que estas pequeñas naciones conservan vivamente hasta nuestros días, incluso con la tan mentada globalización que, finalmente no es más que la imposición de modelos culturales, económicos y hasta estéticos de uno o dos países que, como siempre, han dominado (o quieren dominar) al resto del planeta, desde el bolsillo hasta las neuronas.

Pero centrándonos en este breve “panorama de la poesía catalana contemporánea”, asunto por lo demás muy difícil de enfrentar, ya que este escrito podría transformarse en una larga lista de nombres que poco o nada pueden decir a nuestros lectores, me gustaría señalar que, obviamente, no podemos hablar de una poesía moderna o contemporánea o actual sin referirnos primero a la larga tradición que Cataluña posee desde la Edad Media. Si uno de los primeros documentos literarios se remonta al siglo XII, podemos afirmar con propiedad que se trata de una tradición milenaria que poco a poco fue construyendo una red de textos y autores que, en aquellos tiempos y en muchas ocasiones son traducidos a otras lenguas europeas antes que al castellano. Ya en los siglos XIII y XIV, con Ramon Llull (1232?-1315) y Bernat Metge (1346-1413), notabilísimos narradores, o en el siglo XV con Joanot Martorell (1405-1468) y su Tirant lo Blanc -tan amado por Cervantes-, la literatura catalana manifiesta sus primeras obras definitivas que la consolidan como una importante tradición europea. Y es en este siglo XV cuando aparece en Gandía (Valencia), la brillante figura de uno de los poetas peninsulares más trascendentales de la historia de la poesía catalana. Me refiero a Ausias March (1397?-1459), quien rompiendo con la tradición de la lírica provenzal, es reconocido como un prodigio en la belleza de sus poemas y de sus canciones. Inspirado en las fuentes italianas es uno de los primeros en experimentarlas en España. Ausias March es el poeta fundador, el faro y el candil que alumbra la historia de la poesía catalana. Su obra, que, por cierto, ha sido traducida al castellano tanto en verso como prosificada, aún produce una admiración unánime por todos aquellos que aman el género y, en especial, la literatura renacentista. Desde este poeta arranca con aún más fuerza la poesía catalana. Es como si Ausias March fuese el modelo y el poeta “adánico”.

La guerra de sucesión, las políticas de Felipe V y otros hechos históricos hicieron que los siglos XVI y XVII no fueran especialmente generosos con la lírica en la lengua catalana. Es en el siglo XIX con la famosa “Renaixença”, donde el romanticismo, el nacionalismo y múltiples esfuerzos por recuperar ese pasado literario glorioso, la poesía (y en general las artes y la literatura), como bien dice el término, renacen para consolidar un segundo momento importantísimo en la historia de esta nación. Bonaventura Carles Aribau (1798-1862) autor del poema La Pàtria de 1833 y Jacint Verdaguer (1845-1902) y su monumental L’Atlàntida de 1877, por mencionar a los más importantes entre muchos otros, sientan las bases y son las figuras literarias “paternas” que presidirán su siglo y los inicios del siglo veinte proyectándose en los cultores del Modernismo como Joan Maragall (1860-1911) y en su antítesis, los representantes más radicales del “noucentisme”, fundado por Eugeni D’Ors (1881-1954) que intenta la defensa de la lengua y la cultura catalana. Mención aparte merece Josep Carner (1884-1970), considerado por muchos como el primer poeta moderno catalán, autor de El cor quiet (1925) y Nabí (1941) y quien, hasta el día de hoy, se ha transformado en un referente insoslayable aún para los poetas más jóvenes.

Ya entrados, entonces, en el nuevo siglo, algunos poetas intentarán conciliar sus versos con las más novedosas tendencias literarias de Francia y del resto de Europa. Antes que Madrid, Barcelona (con periódicos o revistas como “Trossos”, “L’ Amic de les Arts” o “La Publicitat” y con tertulias muy animadas donde se discutía sobre las nuevas posibilidades de la poesía), se transforma en el espacio privilegiado para que empiecen a surgir obras y tendencias que nada tienen que envidiar a las que se publicaban al otro lado de los Pirineos. Paralelamente, algunos poetas y escritores mallorquines como Joan Alcover (1854-1926) y Gabriel Alomar (1873-1941) -autor de El Futurrisme (1905) que tan importante fuera para el joven poeta chileno Vicente Huidobro- van consolidando la unión de tendencias que parecían irreconciliables como la renaixença, el noucentisme, el modernisme y las vanguardias que ya se asomaban con inusitado vigor en esta literatura. Es con la cristalización de la vanguardia que aparecen algunos nombres centrales en la poesía contemporánea de Cataluña: Joan Salvat Papasseit (1894-1924), fundador de la revista de vanguardia “Arc-Voltaic”, muerto muy prematuramente, pero quien legó una obra importantísima entre las que se cuentan libros de poemas como L’irradiador del port i les gavines (1921) o El poema de la rosa als llavis (1923); Joan Oliver (1899-1986), quien usara el seudónimo de “Pere Quart” y que se exiliaría durante ocho años en Chile. Autor de importantes poemarios como Cataclisme (1935), La fam (1938) y Circumstanciès (1968) y el gran Josep Vicenç Foix (1893-1987), otro amigo de Huidobro, con quien mantuvo un breve pero intenso contacto epistolar a raíz del libro Finnis Brittania del creacionista chileno. Con una influyente obra, candidato al Premio Nobel, figura legendraria del Barrio de Sarría de Barcelona y donde es preciso destacar hermosos libros como Sol y de dol (1947), On he dexait las Olaus? (1953) y Desa aquests llibres al calaix de baix (1960).

Distante de las vanguardias, pero con una poesía de un decir moderno y a la vez enraizada en su Cataluña natal y en los grandes mitos y símbolos de la humanidad, la obra de otro eterno candidato al Premio Nobel, Salvador Espriu (1913-1985), es considerada como un patrimonio de la resistencia al franquismo y un constante homenaje a una patria a la que cambia de nombre frecuentemente, pero que sus lectores saben reconocer e identificarse con ella. Así, Sinera será Arenys de Mar, o Lavínia, Barcelona, o Alfaranja, Cataluña… Entre sus obras más conmovedoras y relevantes hay que citar Cementeri de Sinera (1946); Les cançons d’ Ariadna (1949); Les hores (1952); La pell de brau (1960); Llibre de Sinera (1963) y Per a la bona gent (1984).

En la orilla opuesta a Espriu y vinculado con las vanguardias históricas, el poeta Joan Brossa (1919-1998) destaca por buscar nuevos formatos para la escritura y ha sido considerado como una de las figuras más importantes, a nivel internacional, de la llamada “poesía visual”. Aún así, es autor de libros “tradicionales de poesía” donde cabe mencionar las antologías Poemes de seny i cabell (1977) y Un home reparteix fulls clandestins (2004).

El terrible paréntesis de la guerra civil (1936-1939) significó diversas convulsiones al interior de Cataluña que son imposibles de reseñar en estas páginas. Aún así hay que destacar la existencia de una poesía militante con el bando republicano y con algunas ideologías de izquierda y otras asociadas también al nacionalismo catalán. El triunfo del franquismo significó una violenta represión a la lengua y a la literatura y las relegó prácticamente a los intramuros del solar familiar. Los duros años de la posguerra, tan bien retratados por diversos novelistas españoles, fueron quizás aún más crueles para los catalanes, quienes, a fuerza de decretos, tuvieron que relegar sus costumbres y el uso totalmente libre de su lengua hasta la recuperación de la democracia y los años de la transición, con el regreso de la Generalitat como institución regidora y la proclamación del Estatuto de Autonomía de Cataluña de 1979.

Los años sesentas y setentas, con el retorno de algunos exiliados (entre ellos muchos escritores), la llegada masiva del turismo, una suerte de “apertura” del régimen y, principalmente con el nacimiento de la “Nova Cançó” donde destacan figuras de la talla de Raimon, María del Mar Bonet, Lluís Llach y Joan Manuel Serrat, por citar a algunos, hace que la poesía vuelva a tener un protagonismo en la cultura catalana. Los cantantes musicalizan poemas de sus grandes autores (catalanes, mallorquines, valencianos), les rinden homenajes y hasta escriben sus propios libros de poemas. Todo un fenómeno que revitaliza no sólo la industria discográfica barcelonesa, sino que alerta a las editoriales para empezar a reeditar obras de narradores, ensayistas, historiadores, dramaturgos y, por supuesto, poetas. Evito aquí el tratar a los poetas catalogados como “del bilingüismo”, dado que éste es un problema donde aún las susceptibilidades no permiten una mirada objetiva (y me refiero, por ejemplo, al caso de Pere Gimferrer, nacido en 1945).

En las décadas finales del siglo XX, Cataluña reafirma su identidad, su política lingüística y la difusión de su cultura y sus letras. De alguna manera, y de forma muy comprensible, “se encierra” un poco en sí misma tras la progresiva recuperación de sus íconos, valores, costumbres y tradiciones. Un tanto áspera con el resto de la península, es intransigente con las posibles intervenciones del gobierno central y esto se refleja, también, en el ámbito de las letras. Superados los años noventas, me parece, se produce una apertura natural hacia el resto de Europa, una empatía con otras naciones del continente y una mayor libertad en los discursos poéticos que ya no se rebelan ante una dictadura que los relega permanentemente o ante la esperpéntica figura de un Jefe de Estado que invoca a una España castellanizada del siglo XVI y que nada tiene que ver con las circunstancias de la realidad del mundo y del tiempo presente. Por otro lado, las reivindicaciones lingüísticas ceden ante una vocación cosmopolita que, aunque firme en sus raíces, explora otros territorios que los vinculan, insisto, con las preocupaciones propias de los poetas de todas las latitudes del planeta.

Nacidos en la época del franquismo pero con una mirada abierta a otras tradiciones literarias universales, hay que destacar a algunos poetas como Josep Ramon Bach (1946), quien últimamente ha derivado hacia la recuperación de la tradición de la poesía oral de los pueblos primitivos enfocado a la literatura infantil, o a Antoni Clapés (1948) notable poeta de Sabadell quien ha publicado más de doce libros de poesía entre los que destacan Trànsit (1992) A frec (1994) e In nuce (2000). Autor de gran reflexión por la palabra, en sus infinitas connotaciones e irradiaciones, con un riguroso oficio, a veces minimalista, pero no por eso superficial, y quien, además, ha sido editor, hasta el día de hoy, de una colección de “plaquettes” y libros importantísimos que han sostenido y difundido buena parte de la poesía catalana más nueva (las ediciones Cafè Central).

Barcelonés de la década del cincuenta, Alex Susanna (1957), poeta y también editor (Columna Ediciones) es autor de libros muy interesantes cercanos a la “poesía de la experiencia” como Abandonada ment (1977), Els dies antics (1982) o Quadern dels marges (2006). Ha recibido diversos premios y ha incursionado también en la prosa.

La lista de autores posteriores se va ampliando de forma extraordinaria. Autoediciones, revistas, múltiples editoriales en Barcelona, Palma, Valencia e incluso en ciudades y pueblos medianos o pequeños, más el verdadero “boom” o fenómeno descomunal de premios literarios en España (que ha contagiado también a los catalanes) hacen imposible una reseña medianamente rigurosa y justa. Queden los nombres de Xavier Canals, Melcion Mateu, Esther Xargay, Víctor Nik, Enric Casasses, Eduard Escoffet, Dolors Miquel y Josep Pedrals como continuadores de esta lírica, entendiendo que aquí se mencionan sin tener un conocimiento profundo de sus obras.

Para finalizar, creo que es nuestro deber como poetas, académicos y lectores interesados, despejar los nubarrones que han mantenido oculta tan importante literatura. Es necesario que publiquemos en Chile una antología bilingüe de la poesía catalana contemporánea. Que las Ferias del Libro y las Sociedades Literarias, a veces tan convencidas que sólo en Chile se escribe buena poesía, reconozcan con hidalguía su ignorancia y abran las puertas a autores y obras catalanes que, estoy seguro, más de algún secreto nos pueden contar (como ocurre con otras tradiciones poéticas que aquí se obvian como si este “finis terrae” fuese además una isla perdida en el infinito).

Los catalanes, como los chilenos, habitantes rodeados por el mar y las montañas, pueden escribir junto a nosotros un poema donde el abrazo sustituya, de una vez por todas, el desconocimiento.

domingo, 26 de septiembre de 2010

LECTURA DEL SONETO “DE SAN LORENZO DEL REAL DEL ESCURIAL” COMO POÉTICA DE LA OBRA DE GÓNGORA por ANDRÉS MORALES


La poesía de don Luis de Góngora ha sufrido miles de interpretaciones que se arrogan el poder de ser las definitivas o las que, al menos, abren los ojos hacia una nueva forma de entender su poesía. Estas líneas que aquí escribo están lejos de buscar esa necia presunción y, fundamentalmente, apuntan a ver, más que develar, desde la óptica de un poeta y de quien, para bien o para mal, ha enseñado a este autor con devoción irrenunciable.
Desde esta perspectiva el soneto “De San Lorenzo del Real del Escurial” puede ser entendido como una poética extraordinaria donde se unen el portento de la palabra con el portento de la piedra: la poesía y la arquitectura, “el ruiseñor sobre la piedra” en palabras de Luis Cernuda. Aunque puede resultar un tanto impositivo y hasta azaroso interpretar este texto como una “poética”, la lectura del mismo permite vislumbrar algunos aspectos que coinciden con las intenciones del autor (retratadas palmariamente en sus sonetos, en el “Polifemo” y en “Soledades”) y que, desde quien se acerca a la complejidad de su obra, puede no sólo entregar pistas sobre las particularidades de su escritura, sino también de la época en que Góngora compuso el poema.
Escrito entre los años 1588 y 1597, este soneto ha de señalarse como uno de los más significativos en cuanto a que reúne en potencia todas aquellas características de estilo que luego desarrollará en las “Soledades” y en su “Polifemo”. Tal como afirman Biruté Ciplijauskaité y Alfredo Carballo Picazo en sus estudios sobre los sonetos del autor (1) , Góngora trabaja progresivamente en esta forma italiana los recursos, alusiones, variantes y tópicos de manera que luego, al aparecer sus obras monumentales –tan incomprendidas en su tiempo como en los años sucesivos- ya ha experimentado a fondo los procedimientos y, aún más, ya ha enunciado con múltiples ejemplos las particularidades que tanto extrañarían a sus lectores y críticos. De esta forma, y en concordancia con los autores citados, es que se realza la idea de este soneto (y otros que podrían agregarse) como espacio generador del culteranismo y, en este caso en particular, como ejemplo de una posible “arte poética” donde Góngora argumenta la dificultad del oficio y su esperanza en la sobrevivencia de tan extraordinaria empresa.
Es indispensable transcribir el breve texto para realizar una interpretación del mismo en la idea de éste como portador de un “manifiesto”, avant la lettre (2), de su poesía.



De San Lorenzo el Real del Escurial (1609)



Sacros, altos, dorados capiteles,
que a las nubes borráis sus arreboles
Febo os teme por más lucientes soles
y el cielo por gigantes más crüeles.

Depón tus rayos, Júpiter, no celes
los tuyos, Sol; de un templo son faroles
que al mayor mártir de los españoles
erigió el mayor rey de los fieles.

Religiosa grandeza del Monarca
cuya diestra real al Nuevo Mundo
abrevia y el Oriente se le humilla.

Perdone el tiempo, lisonjee la Parca
la beldad desta Octava Maravilla,
los años deste Salomón Segundo.


Sorprenderá al lector, posiblemente, que un texto tan “claro”, dentro de la obra del autor, pueda considerarse como ejemplo de una discutible poética. Y es precisamente ésta una de las claves para realizar una lectura que trascienda la pura reproducción, a través de las palabras, de una imagen portentosa del famoso monasterio y palacio castellano. Don Luis de Góngora entrega en un poderoso símil una idea de su obra como un retrato del magno edificio de Felipe II. Establece un paralelismo entre su propia escritura y la obra construida en 1563 –a dos años del nacimiento del poeta- por el gran arquitecto Juan Bautista de Toledo y continuada por Juan de Herrera. Para los puristas y conservadores a ultranza puede, tal vez, sonar a herejía la idea de considerar a un poeta barroco como un verdadero “vanguardista” que construye una poesía hermética, plástica y deslumbrante y que, al mismo tiempo, al igual que los poetas de principios del siglo veinte, establece las coordenadas de su obra en aras de proponer una estética particular donde no caben las concesiones a los lectores ni los facilismos propios de quien quizá se pliega a otros en vez de abrir nuevos senderos hacia la elaboración de una idea del arte poética como algo distinto y verdaderamente original. A riesgo de parecer trasgresor, a mi juicio este poema entrega más de alguna luz hacia la comprensión de una poesía tantas veces denostada, incomprendida o evitada por la crítica y por detractores que más que oponerse a una obra delataban una incapacidad de comprensión de un proyecto de semejante naturaleza.
Desde el mismo tema del poema vemos que Góngora tratará sobre un asunto de proporciones extraordinarias y fuente de asombro de su época: El Escorial. Poema en piedra para algunos, como se ha citado a Cernuda, el Monasterio reúne el espíritu de una España en uno de sus momentos más importantes en la historia. Se trata de un monasterio, de un templo, de un panteón real, de un palacio, centro del gobierno y de un colegio y una biblioteca gigantesca. Así, la fe, la cultura y el poder se encarnan en la parrilla del tormento de San Lorenzo (por quien se levanta el edificio en conmemoración del triunfo en la batalla de San Quintín acaecida el día del santo en 1557). La España del sacrificio y de la austeridad, pero no por eso menos impresionante, victoriosa y magnífica. El objeto elegido por el autor es, a todas luces, el centro de una España que ya va entonando su “canto del cisne” para entregar su poderío a otras naciones europeas; aún así, el esplendor y la música concorde de una arquitectura prodigiosa refleja el alma de un estado que reflexiona (la biblioteca, el colegio), reza (el monasterio, el panteón, la iglesia) y actúa (el palacio). Sin duda alguna esa es la misma vocación del poeta que tomará los votos religiosos en 1618; que será uno de los intelectos más brillantes de su época y que, en su poesía, actuará proponiendo una nueva forma de escritura y una nueva manera de entender su arte. Los muros de El Escorial serán el reflejo de la voluntad de Góngora quien verá en éstos una conjunción perfecta de sus intereses y de su proyecto escritural.
De esta forma, los cuatro primeros versos del soneto alabarán la incomparable hermosura del edificio, pero al mismo tiempo serán una reflexión sobre la luz y oscuridad del poema. “Sacros, altos dorados capiteles/que a las nubes borráis sus arreboles”, lo que propone una obra que se alza irguiéndose hacia el cielo borrando el dorado de las nubes por su propio reflejo y luminosidad, a quien “Febo os teme por más lucientes soles”. El gris de la piedra castellana no pareciera dorar el cielo, se trata de una hipérbole, qué duda cabe, pero este poeta, “príncipe de la luz”, tantas veces encarado por oscuro parece dar a entender que la arquitectura del poema está construida por la luz (símbolo del conocimiento, de la fe) que desafía al mitológico Febo y que asusta a “los gigantes más crüeles” (¿una alusión a sus enemigos literarios?), es decir a aquellos que no logran dimensionar la belleza del arte como un gesto de grandeza donde todos los recursos disponibles están al servicio de una expresión de alto vuelo y donde los límites no pueden definirse. ¿No son acaso la “Fábula de Polifemo y Galatea” y las “Soledades”, altos, dorados capiteles que a más de alguno causaron desconcierto? El poeta no teme a las alturas y levanta, como Juan de Herrera, un monumento de palabras que revolucionará la poesía de su época. La apuesta será de una extraordinaria magnitud así como el riesgo que correrá y que tan caro le costaría a los ojos de un Francisco de Quevedo, otro notabilísimo “monstruo” de esos años del Barroco y a la consideración de otros autores menos ilustrados.
La segunda estrofa del soneto apunta a la magnitud y posicionamiento de la obra. Tanto El Escorial como la escritura poética merecen la piedad de los dioses y de la naturaleza (“Depón tus rayos Júpiter, no celes/los tuyos, Sol;” aunque, al mismo tiempo el astro solar, ante la grandeza, pareciera ser menos potente que los reflejos del arte, de la arquitectura, de la poesía (“de un templo son faroles”). Tal es la proposición del artista, tal es la necesidad de verla no sólo reconocida sino situada en propiedad en el ámbito de la naturaleza y de la historia. Los versos siguientes (“que al mayor mártir de los españoles/erigió el mayor rey de los fieles”) establecen la situación de la obra entre la fe y el poder (asunto tan común en el período), entre el santo y el rey, personajes humanos a los cuales el poeta rinde tributo y frente a los que se inclina (a diferencia de Febo y Júpiter) no sólo como muestra de respeto, sino también como señal de fidelidad a la fe católica. Ambos, San Lorenzo y Felipe II son las coordenadas del artista de la época, son los límites, las orillas por donde ha de circular el río de la creación con el debido cuidado a no desbordarse ni por un momento o mínimo extravío. El terceto siguiente reafirma la idea del esplendor de la monarquía y despliega un sendo homenaje al rey fallecido en 1598 donde “Religiosa grandeza del Monarca/cuya diestra real al Nuevo Mundo/abrevia y el Oriente se le humilla”. Más que un guiño al poder, el poeta intenta situar su obra, una vez más, al lado del poder terreno y de la grandeza y esplendor de una España que fue y que ya no es. Quizás, como en la poesía de Quevedo, una idea nostálgica por tiempos mejores donde el futuro aparecía más luminoso y esperanzador: una leve pincelada de amargo recuerdo donde el poeta no ceja en su elegía pero deja entrever su tristeza.
El terceto final reafirma la idea central del poema y retoma la temática de la primera estrofa. La obra de arte no sólo desafía a quien la enfrenta, la asume, la recibe, sino que debe perpetuarse, debe mantenerse y debe quedar como testimonio de aquella grandeza que pasa. Es menester del espectador, del lector otorgarle el valor que merece y enfrentar a las parcas, al destino, al olvido anteponiendo su sabiduría y su sensibilidad para dimensionar la estatura y trascendencia de la obra de arte: “Perdone el tiempo, lisonjee la Parca/la beldad desta Octava Maravilla,/los años deste Salomón Segundo”. El monasterio es visto como el templo de Jerusalén, así como el rey de los españoles como el sabio rey de Israel. La obra de arte entonces entronca con la historia, el conocimiento y la magnificencia del estado. Es comparable a la bíblica construcción que se venera como testimonio religioso y de la sabiduría. Es posible que Góngora aspire entonces a que su poesía pueda instalarse ya no sólo entre el poder divino y el poder humano, sino como instrumento de éstos y, mucho más que eso, como prodigio de la imaginación que logra soslayar el poder del tiempo y de la muerte. La soberbia que puede desprenderse del verso “la beldad desta Octava Maravilla” entrega una visión del poeta (y del arquitecto) como un artista orgulloso de su obra. Es el creador (como en “Las Meninas” de Velásquez) que observa al público desde su propia composición. Más que soberbia es posible identificar una particular estrategia que antepone, tal vez, el arte al poder: Esta es mi obra, este soy yo, pero consciente de mis errores y aciertos. Una tensión más que subraya la condición barroca del poeta y que agrega un elemento convincente para la justa valoración, a lo largo de los años, de la obra poética.
Finalmente, es indispensable señalar que el soneto cumple a cabalidad con la condición que he supuesto en la hipótesis de lectura: el objetivo del poeta es situarse y situar su obra en el contexto de una época desarrollando algunas ideas sobre el arte y sobre la tan peligrosa especulación en torno a la idea de la continuidad del poema en el tiempo. Asunto visitado y revisitado no sólo por don Luis de Góngora y otros poetas barrocos, sino también por todos aquellos que nos adentramos en los extraños laberintos de la escritura poética que, como siempre, puede entregar un extraordinario número de interpretaciones, dudas y preguntas a quien se enfrenta a tan complejo prodigio.


Santiago de Chile, octubre-noviembre de 2003


Notas:

1. En Rico, Francisco, 1983.

2.  Me refiero a la idea de un poeta que reflexiona, como hicieran los artistas de vanguardia, mucho antes que cualquiera, en un poema, sobre las condiciones y características de su obra.


 
Bibliografía:

1. Alonso, Dámaso. Estudios y ensayos gongorinos. Madrid. Gredos. 1960.

2. Carreira, Antonio. Introducción a Luis de Góngora, Antología Poética. Madrid, Castalia, 1986

3. Ciplijauskaité, Biruté y Carballo Picazo, Alfredo. Los sonetos y un soneto: “Mientras por Competir con tu cabello”. en Rico, Francisco. Historia y Crítica de la Literatura Española. Madrid. Crítica. 1983

4. Egido, Aurora. Góngora en Rico, Francisco. Historia y Crítica de la Literatura Española. Madrid. Crítica. 1983.

5. Góngora, Luis de. Antología Poética. Madrid. Castalia, 1986.

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7. Galaz, Alicia. Prólogo a Antología de Luis de Góngora y Argote. Santiago de Chile. Universitaria. 1961.

8. Rico, Francisco. Historia y Crítica de la Literatura Española. Vol. III. Madrid. Crítica, 1983.